Esta crónica la escribí hace un par de meses para una clase de Expresión Escrita y me gustó cómo quedó (aunque a mi profesora la iba decepcionando con cada escrito, pero ¿quién la nombró a ella la reencarnación de Hemingway?).
A exactamente un año de su proeza olímpica, un pequeño relato de cómo viví desde mi oficina en Buenos Aires la llegada del oro de Rubén Limardo.
¡Púyalo, Limardo!
Hay deportes de los que no entiendo,
que nunca he visto, y por los que nunca mostré el más mínimo interés a lo largo
de mi vida. La esgrima siempre fue uno de ellos. Así, viéndola por encimita, no
me atrapaba, no me parecía que tenía mayor chiste ni emoción. Pero eso cambió
el 1 de agosto de 2012.
No
había estado prestando demasiada atención al desarrollo de los Juegos Olímpicos
de Londres, más que nada, por falta de televisión, pero esa mañana me había
enterado a través de las redes sociales de que había un venezolano con
posibilidades de traerse una medalla a casa, puesto que había llegado a
semifinales de espada del torneo de esgrima. Rubén Limardo, oriundo de Ciudad
Bolívar, nos tenía a todos atentos.
No
llegaban a ser las 12 del mediodía de ese frío miércoles de invierno porteño.
Yo apenas me instalaba en mi escritorio con una buena taza de café con leche en
una mano, y con el teléfono siguiendo Twitter atentamente en la otra. Para ese
momento ya Limardo ya había alcanzado la semifinal al derrotar en cuartos de
final al italiano Paolo Pizzo. Mientras tanto, yo buscaba la página oficial de
los juegos para poder ver en vivo el siguiente duelo.
“¿A
qué hora pelea con el gringo? – “¡En 15 minutos, y si le gana, por lo menos una
de bronce se lleva!”. Finalmente encontré el stream. Ansias, expectación.
Cuento los minutos y me olvido que tengo obligaciones laborales que cumplir,
fechas tope y reuniones con clientes. “Luego me encargo de eso”.
Un
par de horas antes el otros esgrimista venezolano en competencia, Silvio
Fernández, había caído en octavos de final contra el estadounidense Seth
Kelsey, actual oponente de Limardo, así que estamos todos con los nervios de
punta: yo en mi oficina, mis compatriotas en Caracas, Madrid, Toronto, Nueva
York y en latitudes tan lejanas como Sidney siguiendo a Rubén y comentándolo
por las redes.
Hasta
aquí sólo me atrevía a entusiasmarme con la posibilidad de ganar una medalla de
bronce. Uno pone las esperanzas en su favorito, pero trata de no emocionarse
demasiado, de no esperar demasiado para no decepcionarse si el triunfo no
llega.
Ya
Kelsey había derrotado a Limardo en la final espada de los Juegos Panamericanos
Guadalajara 2011, en un cerrado enfrentamiento que favoreció al norteamericano
12-10. Kelsey empezó ganando, y yo empezaba a rezar. No puede ser que éste sea
el verdugo de los venezolanos. Pero a pesar de su largo brazo, Rubén fue más
ágil, y se aseguró una medalla olímpica al imponerse 6-5.
Twitter explotaba ¡Limardo a la final!
¡Vamos por el oro, Ruben! Nadie hablaba de otra cosa, al menos nadie que no
fuera venezolano. Finalmente todos estamos de acuerdo en algo: nos olvidamos
por un momento de la inflación, de la inseguridad y de la crisis política y nos
dedicamos a apoyar a nuestro D’Artagnan.
La
final no será sino hasta las 14:30 en Venezuela, 16 de Argentina. Me tomo unos
minutos para almorzar y finalmente hacer todo el trabajo que había descuidado durante la mañana. Pero
quiero hacerlo rápido, que no quede nada pendiente, porque la final no me la
quiero perder por nada en el mundo.
A
pesar de mantenerme ocupada con mil pendientes, no dejo de mirar el reloj cada
3 minutos. Me desespero porque el tiempo no pasa, pero eso es lo normal cuando
se mira la hora tan seguido. Es como mirar una olla de agua mientras se espera
a que hierva, toma una eternidad.
Las
4 de la tarde, finalmente. Ya Rubén Limardo y el noruego Bartosz Piasecki en
guardia, esperando que comience el primer asalto. Me tomé la libertad de
descolgar el teléfono para que nadie molestara. Empieza el duelo y ambos se ven
muy parejos. Rubén con una ligera ventaja sobre el noruego, pero nada está
definido. Mientras tanto, desde nuestras casas y oficinas le damos aliento
usando etiquetas cómo #PúyaloLimardo #PorElOro y #VamosRubén. Sabemos que no
nos puede leer, pero no importa porque sentimos que igual le damos fuerzas para
ganar.
Esta
vez no se agotó el tiempo reglamentario. Estoy pegada a la pantalla de mi
computadora viendo como en el último asalto la diferencia de puntos poco a poco
se agranda. Hay esperanzas para Venezuela. Se viene nuestra segunda presea
dorada, y la primera en estos juegos.
En
mí no cabe la emoción. Ni hablar de Limardo que corrió a los saltos por toda la
pista con los brazos en alto tras obtener el último punto. Corrió a abrazar a
su tío y entrenador Ruperto Gascón, quien junto a su madre le inculcaron desde
pequeño el interés por esta disciplina. La sonrisa no le cabe en el rostro y a
mí se me escapan unas cuántas lágrimas de alegría viendo la escena. Pocos
minutos después cuesta más contenerse, al ver mi bandera y escuchar mi himno
nacional sonar en Londres. Me hace recordar que cuando queremos, podemos ser grandes.
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